martes, 4 de marzo de 2014

EL DELTA: UNA PIEZA MÁS EN EL ROMPECABEZAS DEL EXTRACTIVISMO MUNDIAL

¿Dónde está inserta nuestra querida isla? ¿Es realmente como a veces pensamos un paraíso aislado en el que el sistema mundial queda afuera?
            Los hombres actuales somos la pieza fundamental de la ecuación SACAR-PRODUCIR-USAR-TIRAR. Nos convertimos en ella cuando nos subimos a la carrera demencial del consumo desenfrenado, cuando nos bautizamos –en las aguas del masivo “salir a comprar”- para ingresar a la actual Religión de la Comodidad Total, nuestro nuevo Nirvana predicado por los sacerdotes del Culto 2.0: los publicistas.


Todos esos nuevos dioses por los cuales el hombre urbano medio actual desfallece en estados de éxtasis como los que experimentaban los santos medievales son los objetos tecnológicos, autos, productos de belleza personal, alimenticios, ropa, o espacios sociales de pertenencia. Todos ellos, dioses planificadamente obsoletos en cortos lapsos de tiempo por señores malos de corbata, tienen detrás una larga y oscura historia de extracción de materia prima, traslados infinitos por los mares del globo, explotación de la mano de obra, contaminación, devastación de zonas increíblemente grandes y un sofisticadísimo sistema publicitario que ya no vende productos, sino que predica a sus fieles determinados estilos de vida.
            Todo está mercantilizado y se puede comprar: el agua, las montañas, los bosques, la pampa, los hombres y la psiquis de los hombres. Pero las consecuencias de esta siniestra ecuación lineal infinita: SACAR-PRODUCIR-USAR-TIRAR, en un planeta de recursos finitos,  no son vistas desde la gran ciudad. Las COSAS están allí, en los templos del Culto 2.0 –los shoppings- y sólo basta ir, comprar, usar, tirar, volver, comprar, usar, tirar, no hace falta preguntarse absolutamente nada.



            El sistema extractivo necesario para nuestra ecuación tiene su división internacional del trabajo, de la contaminación, y del consumo. Cada región, incluso dentro de los países, tiene su lugar y tarea asignada. En la tierra, no importa ya su calidad, se planta soja. Hay que sacar todos los árboles y a los hombres para plantar soja. Los que se queden, se joden, porque para que crezca bien el poroto hace falta fumigar con glifosato, elemento rechazado cada día más por las enfermedades que genera, denunciadas ya mundialmente. De las montañas sacan cosas misteriosas que no sabemos muy bien para qué se usan, pero dicen que para hacer todo lo que desvela los sueños del hombre urbano actual: celulares, la computadora desde la que escribo estas líneas, aparatos para escuchar música, etc.
¿Y el Delta? ¿Qué tiene que ver en todo esto? También tiene su división: En la segunda y tercera sección (y también podríamos hacer allí distinciones), la región fue destinada hace más de 120 años a ser exclusivamente un polo forestal. Ya estudiamos en nuestro Boletín, cómo en 1894, el ingeniero Antonio Gil fue enviado por el gobierno para hacer el relevamiento de la zona que había sido designada por la oligarquía gobernante (que no cedería un palmo de sus campos para plantar árboles que le quitaran pasturas a sus vacas) para abastecer de madera para papel a la Argentina.
Unas difíciles condiciones, y ningún apoyo del Estado acabaron con la mayor región frutícola hasta mediados del siglo pasado. Una producción que ocupaba muchas manos y que requería de una fuerte presencia del isleño en la quinta. Pero el Delta nunca pudo salir de ser un satélite del sistema que imponía la demanda de Buenos Aires. Divididas artificialmente las islas y gobernados siempre por pajueranos, los isleños no pudieron decidir por sí mismos desarrollar una industria propia y agregar valor a sus producciones locales. Simplemente se tuvieron que ir.
            Desde allí, el destino forestal asignado no se detuvo: despoblamiento, escaso empleo de mano de obra local, y precios de hambre provocados por la concentración de la demanda (básicamente, Papel Prensa es la única compradora de madera de la zona) y una dispersión de la oferta (pequeños productores sueltos o asociados en alguna cooperativa por un lado, y fuertes forestadores dueños de grandes campos ya organizados como sociedades anónimas por otro). Esto obliga  a los escasos pequeños productores que quedan viviendo en sus quintas chicas, a diversificarse con el mimbre y el junco, sin ningún apoyo oficial de ningún tipo para poder tener una vida de mera subsistencia, y poder resistir casi heroicamente la tentación de vender su tierra  a alguna gran empresa por monedas, para que ésta la incorpore a su ya gran concentración de tierra.
            Si a esto le sumamos la nula oferta de vida social para los jóvenes en la segunda o tercera sección, y su tendencia a irse al pueblo para buscar otra vida, se trata de un incentivo aún mayor para que el quintero piense en dejar todo en manos de una empresa grande e irse con sus pesos al otro lado del río.
Las islas como apéndice del sistema mundial, aceptan su rol de segunda sin chistar. La pampa necesita espacio para soja, las vacas a los feedlots o la isla.
Más cerca de la ciudad, en la primera Sección, las islas tienen otro rol asignado: la de ser un complejo residencial y de esparcimiento para gente de alto poder adquisitivo: El paraíso a treinta kilómetros de Buenos Aires. Un paraíso soñado en las rayas de cocaína de algún arquitecto con estudio en Puerto Madero.
Este es el drama de los isleños que viven más cerca de la ciudad. Ven la tierrita que eligieron para vivir tranquilos en la mira de gente que no le interesa nada más que expulsarlo para poder negociar con su tierra. El isleño en la Primera Sección es tan sólo un estorbo para los negocios inmobiliarios y turísticos.
Por todos los medios se intenta hacerlo vender: haciéndole imposible la paz con un turismo que muestra cada temporada lo devastador que es, con una inercia total ante hechos de inseguridad de muy fácil resolución, con un aumento permanente en los impuestos, con una presión inmobiliaria que sube por las nubes los precios de los terrenos en la zona, con un progresivo y agobiante aumento de reglamentación y encarecimiento de todos los aspectos de su sencilla vida: en la construcción, en la embarcación, en la imposible habilitación de cualquier pequeña iniciativa comercial que desee emprender el isleño, obligándolo siempre a vivir fuera de la ley. Lo ideal es esto: que el isleño se harte, venda su terreno por una buena plata al “emprendedor” que viene detrás, y que pondrá un concheto “Lodge & Spa” donde al isleño sólo le cabrá ser el mozo, la mucama, y el que corta el pasto, puesto que hoy ni siquiera le quedará construirlo, ya que con preocupación creciente, vemos como cada vez más en la isla trabajan con personal traído de afuera empresas constructoras porteñas.

Así las cosas, todo se va encadenando: el lamentable estilo de vida actual, en el que el individuo es sólo un consumidor lleno de necesidades, obsesivamente insatisfecho, lleva hasta a los más remotos rincones de la tierra la devastación, la desigualdad social, la explotación y la destrucción de la naturaleza. Y por supuesto, el Delta no queda afuera de la voraz maquinaria del consumismo y la mercantilización de todos los aspectos de la vida moderna. Sólo se salvará el Delta cuando esté manejado desde aquí, por gente de aquí que vea con ojos isleños.

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